Lo que defendemos
Cuatro compromisos. Cada uno prohíbe algo concreto, y cada uno se puede comprobar: es la única manera de escribir una página como esta sin que sea palabrería.
Inteligencia humana antes que artificial
Tú decides; la máquina calcula.
Conviene ser precisos, porque la frase se dice a la ligera: este teclado sí hace estadística. Aprende el punto exacto donde cae tu dedo en cada tecla, y sabe con qué frecuencia una letra sigue a otra. Pero esos cálculos están ahí para obedecerte mejor, nunca para decidir lo que querías decir.
Aquí no hay ningún modelo generativo, nada que escriba en tu lugar, y nada que viaje a un servidor para «entender» tu frase. Cuando el teclado detecta una errata, te la propone: un toque para aceptarla, nada en absoluto para ignorarla.
Y para construir la app, ¿se usa IA? Sí. Para escribir código, revisarlo, cazar un error, como prácticamente cualquier desarrollador hoy. Eso no cambia nada del compromiso de arriba, porque ese compromiso habla de tu texto, no del taller: ningún modelo escribe tus mensajes, nada de lo que escribes viaja a un servidor, y el teclado no hace ninguna petición de red.
Un carpintero usa una sierra eléctrica. Eso no convierte la mesa en plástico.
Lo que esto prohíbe: una corrección que se aplique sin que tú la quieras.
Respeto por tus datos
La mejor manera de proteger lo que escribes es no tenerlo.
- El teclado no hace ninguna petición de red. Ni una. Así que no tiene adónde enviar nada.
- La app no incluye ninguna biblioteca externa. Ningún rastreador puede esconderse ahí, porque ahí dentro no hay más que nuestro propio código.
- Tus reglas viajan por TU iCloud, cifradas campo por campo, con claves que se quedan en tus dispositivos.
- Los únicos datos legibles de nuestro lado son anónimos, están desactivados por defecto y se revocan con un toque: catorce contadores, y ni una sola palabra.
Lo que esto prohíbe: la publicidad, la venta de datos, una herramienta de analítica de terceros.
Transparencia
Publicamos lo que se puede verificar, incluido lo que juega en nuestra contra.
La página «Lo que hemos leído» recoge un hallazgo que argumenta contra este teclado: la autocorrección sí ayuda a la velocidad de escritura. Está ahí porque es cierto. Y el mapa de los idiomas dice sin rodeos que sus porcentajes son estimaciones, no mediciones: nadie, en ninguna parte, mide en qué idioma escribe el mundo sus mensajes.
Lo que esto prohíbe: citar solo lo que nos conviene.
Rigor, y ojo para el detalle
Lo que no se mide no está terminado.
Ninguna de estas redes de seguridad existía al principio. Cada una se escribió a mano el día en que se coló un error concreto, y para que no volviera a pasar. Un gris que parecía completamente seguro se mostraba a 2,93:1 en pantalla, por debajo del umbral de Apple, y ningún ojo lo habría detectado. Desde entonces, cada par de colores que lleva texto se mide sobre una captura real, nunca a ojo ni deducido del código, y se anota en un registro. Cambiar uno obliga a volver a medirlo antes de publicar.
Hoy, siete comprobaciones se ejecutan antes de que una versión pueda siquiera construirse: texto por debajo del umbral de contraste, un espacio tipográfico erróneo en una frase francesa, una página de este sitio que ya no dice lo que dice la app. No sustituyen a nadie: son decisiones ya tomadas, puestas ahí para que una noche de cansancio no pueda deshacerlas.
Lo que esto prohíbe: publicar porque «se ve bien».